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Hay muchas pistas en la literatura de Yoselin Goncalves (Venezuela, 1993) que me hacen sentirla más que conocida, cercana. No necesariamente me refiero a sus personajes, sus casonas malditas o a los ecos de sus voces. Sino a ella. A la mujer. A la escritora. Si pudiera describir su pluma en una palabra, sería “íntima”: con la calidez de lo que viene de adentro; con la estrechez de lo guardado; con lo secreto de un susurro; con lo sensual de lo privado.