Escribir es de humanos

Confieso que he pecado: quise –y todavía quiero a veces– dar lecciones, pero de a poco entiendo que esa no es mi labor ni lo será; que es mejor dedicarse a aprender que a enseñar; que las lecciones de vida no se dan, ellas llegan. Llegan como un vendaval en plena mañana de verano o como una fatalidad el día de tu cumpleaños: sin que lo imagines ni lo pidas. Llegan en forma de anécdotas, obstáculos y suerte; disfrazadas de flor o payaso, con una gracia tan sublime como aleatoria. 

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